sábado, julio 15, 2006

LOS NIÑOS DEL PARAÍSO (Marcel Carné, 1943):7


Anoche pude ver en el cine uno de esos clásicos intocables, una de esas películas que la crítica ama y los profesionales veneran. Una de esas películas que habitualmente los espectadores odian. No es el caso.
Concebida como un espectáculo para dos tardes, la obra de Carné se degusta ahora en un solo plato. Y ése es quizá su mayor defecto. Sé que es obra del exhibidor y no del genial francés, pero acaba por resultar crucial ya que es complicado mantener durante tres horas largas la atención y el culo quieto. En mi caso, no acabé por encontrar la postura en la silla, pero eso no es culpa del guionista Prévert, ni del director Carné.
El caso es que ambos construyen una epopeya intimista, en la que mezclan el cine de época, la pantomima francesa, el hampa del momento y la alegría de vivir. Todo eso lo entrelazan en una trama que funde (y no confunde) ficción y narración, mentira y verdad. Aunque logren dotarla de un hilo común que se va haciendo cada vez más grueso y menos embrollado, es cierto que la fuerza que alcanzan en la mezcla de tramas no es precisamente la de Altman, pero al fin y al cabo, se estaban adelantando tres décadas al de Kansas.
El resultado no es sólo una novedad en cuanto a argumento, ni en cuanto a sutileza y profundidad de los diálogos. El resultado es una película mucho más moderna en textura y potencia dramática que las que se hacen ahora, que goza de una dirección artística que aniquila la capacidad de sorpresa de cualquier decorador actual, de unos planos-secuencia que epatan hasta al técnico más técnico, y de unos planos expresionistas en la fusión de realidad y ficción que entrecortan la respiración de cualquier espectador.

LAS COLINAS TIENEN OJOS (Alexandre Aja): 7,5

Odio las películas de terror. Y no es por su trivialidad ni por su adolescencia. Es porque en lugar de generarme miedo, me provoca hilaridad. Cada vez que veo un hacha levantarse, comienzo a descojonarme. Y claro, no parece lo mejor ni para el clímax ni para el resto de la audiencia. Es por eso que hace tiempo que tomé la decisión de no volver a ver terror en los cines.

Y eso es lo justo lo que incumplí cuando fui a ver "Las colinas tienen ojos". No sé si es por la falta de hábito, por el brutal argumento o por la pericia del director, pero lo pasé fatal en la sala. Desde el primer minuto, la atmósfera desértica me encogió por dentro, los personajes me generaron una mezcla de empatía y asfixia, y los teóricos sustos devenían en golpes sangrientos contra mi paz. Comencé a no estar nada cómodo en la sala. Sentía las sensaciones que uno siempre busca en el cine de terror. Pero ahora que me habían llegado, no las quería. Quería salir de ahí, pero sin embargo, también quería seguir gozando de ese ambiente malsano, de esas torturas que se prevén y se ven, de ese remolino de horror en el que se ven envueltos y del que saben que no pueden salir. El talento de Aja y su guionista no dejan ni una situación por explotar. A cada una de ellas le sacan su máximo partido, su punto de vista en cada conflicto es tal que multiplica por un millón las sensaciones generadas, sufres con un animal hasta que llegas a tu umbral.

Y el mío llegó con el último punto de giro. No aguanté más, me tuve que salir. Sabía que había visto una gran película, pero no tenía ninguna gana de disfrutarla.

martes, julio 11, 2006

No sólo de cine vive el hombre


Si os aburrís de ver cine y, tras tanto tiempo sin fútbol, necesitáis un poco de balompié, he aquí la única página donde las lenguas están mejor afeitadas que RuPaul, donde las vidas ocultas de los futbolistas se escapan de los armarios, donde se contempla el deporte cómo lo que es: un bien colectivo. Todo esto podéis encontrarlo en:
http://futbolcolectivo.blogspot.com

domingo, julio 02, 2006

GRIZZLY MAN (Werner Herzog): 9,5


Resulta difícil explicar por qué un documental acerca de un tío que vive con osos puede ser el mejor film del año. Resulta difícil hacerlo, pero lo es. Y de largo.
Quizá no lo sea por la premisa y tampoco sólo por el material. Quizá lo es por todo. Lo es por la voluntad de Herzog de hablar de su vida a la vez que lo hace de la de este ecologista no sobrado de neuronas. Lo es por una estructura que bordea con meandros los ríos de la reiteración. Lo es por un humor que asoma de la propia vida y su colateral insania. Lo es por el caos que asoma de la infructuosa búsqueda de la armonía. Y lo es sobre todo por el personaje que aborda, siempre funambulista entre una locura inhumana y una realidad tan humana.
Todo esto es fusionado con un material tan verdadero que no ha nacido para ser mostrado. Un material que es diario íntimo y es, a la vez, exhibicionismo. Un material que propone relaciones épicas y desenlaces realistas, personas animales y animales humanos. Todo eso es mezclado en una coctelera en la que el azar juega la menor de las bazas. La mayor la juega un alemán en permanente estado de gracia. Un alemán en lucha constante por exorcizar sus obsesiones. Por mostrarlas en una pantalla de un modo que cambie el mundo en el que vive. Como Timothy Treadwell, como un príncipe valiente.

UNA PARTIDA DE CAMPO (Jean Renoir): 6

Quizá es que soy un ingenuo, pero no pienso cambiarlo. Sigo queriendo valorar el cine tal y como lo veo, y no tal y como fue concebido. Por eso trato de poner la misma vara de medir a un film clásico, rodado hace mil años, y a un cortometraje casero rodado anoche. Y sé que es injusto porque uno probablemente lanzó y creó un nuevo cine, y el otro no es sino el resultado de mil y un plagios a partir de esa inicial creación. Pero sigo queriéndolo ver así. Con ingenuidad e injusticia. Con objetividad y pasión.
Y cuando me planto ante la pantalla de Renoir, sí veo los cuadros de su padre y una puesta en escena de maesstro, pero también veo una historia ya contada y unos gags de principiante, unos personajes sin aristas y un desenlace precipitado. Unos logros incontestables que probablemente cambiaron el cine y unas premisas de guión que hoy se han superado mil y una veces.

UNA HISTORIA DE BROOKLYN (Noah Baumbach): 6,5


Hay películas muy trabajadas que no llegan a alcanzar la verdad. Sin embargo, es frecuente encontrar películas apenas pensadas que encuentran la sinceridad. "El calamar y la ballena" es una de éstas.
Partiendo de una premisa que, aunque no lo sepas, se nota vivida por el propio guionista y director, te mete en una historia sin apenas variaciones pero tampoco reiteraciones. Es dura y fea, pero también tierna y bella. Es fuerte e inhumana, pero también sincera y humana. Pero sobre todo es coherente. Es coherente con sus personajes y con sus vidas. Es coherente con sus actos y sus palabras. Es coherente en sus formas y en sus fondos.
Es tan coherente que a veces se echa un poco de menos más lucimiento en la fotografía o en las interpretaciones, en hallazgos de guión o en gags centelleantes. Se echan algo de menos, pero apenas tienes tiempo para darte cuenta porque es tal el ritmo al que narran esta historia de separaciones y soledades, de uniones y encuentros, que a veces importa más la amargura que queda que las propias situaciones. No es el producto del trabajo, es el producto de la verdad.